Cuando a finales de marzo de 1924 los profesores Vorobiov y Zbarski sumergieron por primera vez el cadáver de Lenin en una viscosa mezcla de glicerina y acetato de potasio, pocos imaginaban que aquella momia de carne y hueso sobreviviría incorrupta a la descomposición de su propio régimen hasta nuestros días.
Transcurridos 78 años de la muerte del fundador de la Unión Soviética, muchos turistas visitan el Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja en la meca del comunismo, con más de un millón de visitantes al año (unos 3.000 al día), según datos de la prensa soviética.
Aunque Lenin no dejó testamento, su viuda, Nadiezhda Krúpskaya, se opuso a la exposición de la momia de su marido y dijo que el líder bolchevique había expresado su deseo de descansar junto a su madre y hermano en el cementerio de Vólkovskoye, de San Petersburgo.
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